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8.9.09
Instructivo N° 4
Empezar a caminar puede llevarse a cabo de muchas maneras, siempre y cuando usted se atenga a una regla básica e inamovible, que involucra en exclusivo al uso paulatino de los pies y los pasos. Toda trasgresión a la norma, léase inventos expeditivos de la raza (correr, bailar, patear, calzarse un zapato), deberá considerarse con prioridad y bajo su propio riesgo, ante la ocasión de afrontar una querella por regalías y derechos de autor.

Para caminar es preferible no esperar mucho tiempo, no vaya a ser que el evento lo sorprenda en plena actividad impositiva y con problemas de postura, ya sea a causa de la edad o la inclinación política. Con respecto a las inclinaciones más o menos aconsejables, la OMS recomienda unos precisos noventa grados con respecto al suelo en la etapa próspera del caminante (el grado óptimo dependerá del nivel de vida que nos preste la misma, no tanto como la edad que uno cargue en el cuerpo). Para no embarcarnos en habladurías de mesa y café, partamos del estado básico y natural que lo calificará a usted para esta empresa: estar parado (Nota: si este instructivo es consultado con motivos didácticos e involucrando a un tercero nato y precoz al que se intentará heredar la verticalidad, déjelo en el piso y gateando, hombre, ya tendrá bastante luego con todo lo heredado de usted).

Estando ya parado verá que nada es fácil desde tal altura, y sin apunarse, recuerde el principio básico de la ley de gravedad: todo cuerpo (el suyo en este caso) tiende a caer hacia el centro de la tierra (la masa debajo de sus suelas), y si usted no mantiene el equilibrio va a romperse los cuernos (gravedad). No hablaremos de la manera en que mantendrá el equilibrio, porque hoy como está el mundo sería utópico lograr un buen balance.

Bien, entonces usted se va a ir de bruces al suelo; recuerde que tiene a mano, o pie, los pasos. Nada de baile, en un santiamén llegarán los inspectores. Comience de la siguiente manera: cuando el ángulo de noventa grados que forma su cuerpo con respecto al piso disminuya, y note al plano horizontal con un tinte surrealista ante el brusco cambio de posición, cierre los ojos y piense en alguna litografía de Escher. Visualice en mente todas las convexidades que pueda generar su imaginación; sienta el mareo, y verá luego que el piso comenzará a acercarse hacia su nariz como aquella vez que de niño recibió un bello puñetazo del matoncito de la otra cuadra. Y usted no quiere moretones ni magulladuras en su rostro; con lo que le devuelve el espejo cada mañana es suficiente. Contrariamente a lo que imagina, para dar el primer paso no hay que estar seguro de nada, ni habrá que armarse de valor y confianza; todo lo contrario. Si usted siente su fe inquebrantable, pronto yacerá en posición decúbito dorsal en la guardia más próxima de algún hospital de mala muerte. Vuelva a imaginar esa innegable realidad: salud pública. Horas de espera, camillas y pasillos solitarios, enfermeras gordas y viejas fumando en los rincones, doctorcitos veinteañeros recién escupidos de la facultad, sonriendo sin poder desbaratar el nerviosismo en sus facciones, y de pronto allí el dedo índice enguantado, ejerciendo una pequeña presión en su tabique nasal, conviertiéndose en el dolor más desgarrador que emerge desde lo hondo de sus entrañas en un grito baboso y aniñado, digno de un pusilánime. Querrá salir corriendo, por supuesto. Pero espere, que primero hay que caminar.

Con todo el horror encima oprimiéndole el pecho y usted yendo derecho al desastre en el pavimento, intente lograr un indulto consciente para que ese espanto quede libre de toda culpa en su cuerpo. Luego de poner la casa en orden, dele una delegación típica de oficina, y me lo asigna del pecho al pie con orden de ejecutar un primer paso (si es supersticioso mucho cuidado que no sea el izquierdo). Entonces verá usted como el pie sale disparado hacia delante, e inmediatamente su suela quedará plasmada en el piso. No empiece con festejos y deje las morondangas para Armstrong, que ahora viene lo más difícil; dar otro paso. Venga; allí está usted de piernas abiertas, y en un principio ha burlado la ley de gravedad. Ahora será importante rescatar el pie izquierdo. Pero claro, reconducir el miedo inicial del pie derecho a su contraparte sería echar por tierra todo el arduo trabajo que ha llevado adelante desde un principio. Deje el pie con su miedo allí dentro, esa será su motivación de ahora en más.

Llame a alguien. Seguramente estará dando un espectáculo en la vía pública, y varios transeúntes disfrutan de usted y su perseverancia para aprender a caminar. Ya con su colaborador elegido, dígale que junte las monedas y los magros billetes que la concurrencia habrá aventado tras algunos aplausos, y los guarde en su bolsillo. Que se quede con algo de propina; sea buen samaritano. Le indicará lo siguiente: es necesario que se ubique detrás de usted, muy cerca, y con uno de sus pies (no los suyos, ya están ocupados), le pise la suela trasera izquierda, justo en el talón, gritando de manera épica el nombre Aquiles. Verá usted que bastará ese toquecito inocente para que su pie izquierdo salga de manera automática en busca de su hermano derecho. Ahora será cuestión de intercalar los pies y los pasos, encontrando el ritmo y la coordinación a medida que siga los ejemplos de Frankenstein en primer término, Verbal Kint en el nivel medio, y Tony Manero al alcanzar la plenitud del caminar.

He aquí la técnica descrita en su totalidad. Miedo a caer en la derecha, cuidado que lo pisen por detrás en la izquierda. Usted no tiene más que pensar. Los pies, cada uno por su lado, responderán a sus patologías de manera automática, a no ser que alguna vez se le de por hacer terapia y encuentren la razón verdadera de su accionar. Si esto sucede, la casa no se responsabiliza por daños y perjuicios; buscará entonces nuevos traumas para sus pies.

Ahora usted sabe cómo caminar. Limítese a fluir entre paso y paso, firme y hacia adelante. Salga, coma veredas, experimente en la hierba, la tierra del campo, cualquier superficie sólida es la mejor opción. No se deje tentar por las extravagancias; deje las hazañas a Jesucristo o Michael Jackson, y en cuanto hacia dónde ir, hágale caso a Machado.
escrito por Juanopio @ 04:44   3 comentarios. Click aquí.
15.4.06
Instructivo N° 3
Tarde o temprano notará que las uñas de su mano crecen. Lo mismo en la otra, y eso sí que es un espanto. Cuando usted menos guarda su apariencia y más desprecia la cultura de lo superfluo, ese familiar viscoso o aquél vecino recalcitrante se aparece con un trabajo de manicura que da ganas de apalearlo hasta sentirse feliz. Luego mira cada una de sus uñas, desprolijas y aferrándose hasta la vergüenza de toda su carne. Escucha el clamor, esos gritos minúsculos, y siente una lástima insufrible. Usted vela por libertades y justicia, simpatiza con movimientos humanistas y hasta participa en alguna manifestación cuando no hay partido; pero lamentablemente debe censurar la naturaleza, aunque le duela en el alma igual que unas anginas. Es verdad, para que no reine el caos debe existir algún tipo de control; remoto es el tiempo en que la paz y el amor eran estandartes de la más sentida generación que no pudo cambiar al mundo. Dulces los recuerdos de armonía y coexistencia, amplia la cúpula que atesora su ideal; pero usted debe ahora cortarse las uñas. Porque en cualquier momento van a amotinarse de tal manera, que bastará una leve comezón en su cuello para que al momento de rascarse llegue la venganza como un zarpazo, repatriando chorros tibios en su camisa y comensales.

Esto no es tiempo de vacilar; sus uñas lo odian y lucharán como nunca nadie habrá defendido su existencia. Seguramente recuerda aquella discusión con su ex pareja, y todavía han de dolerle cada uno de los rasguños impartidos. Usted estaba equivocado. Las causas y razones varían de cuando en cuando, pero generalmente son las mismas. He allí lo superfluo. Las crisis maritales no son otra cosa que un gran pasatiempo para ocultar la cruzada que mantienen las uñas contra los humanos. Quizá piense que esta advertencia es el fruto de un ferviente facundo de feria, pero ni la cacofonía podrá desteñir el siguiente, y más revelador de los hechos: usted está en pavorosa desventaja; son veinte uñas contra un humano, y van a vengarse en el próximo evento cotidiano.

Corra. Grite. Abandónese al caos. Porque el fin puede estar en la próxima caricia.

Seguramente ya tiene su tijera o cortauñas consigo. Ha dejado cualquier idea de libertad, igualdad y fraternidad en París (ya bastante tienen en Francia con las revueltas de vello axilar y la demanda insospechada de afeitadoras descartables). Es hora de sentencia y guillotina.

Para cortarse las uñas deberá usted estar muy atento, y ser fuerte de carácter; muchos serán los momentos donde una lástima injusta se cuelgue por los recuerdos: esa picadura donde no ha llegado ni la más valiente de sus yemas, y su uña del meñique, sabia y laboriosa, hurgó en buen momento hasta hacerle sentir el éxtasis; aquél resfrío en su fiesta de confirmación, cuando todos prepararon la foto familiar y usted era puro mocos y baba, hasta la magnífica exploración de su índice en cada fosa nasal para barrer con la vergüenza que sería ver su rostro, año tras año en los recuerdos de domingo; y por último pero no menos, la satisfacción de haberle arrancado el pellejo con todos los dedos a ese púber, que recreo tras recreo atestaba de arena los bolsillos de su delantal. Para no caer en las redes del sentimentalismo es recomendable la más simple solución: emborracharse. Pero cuidado al hacerlo; puede ser un gran problema si al momento de cortar el mundo se escapa en vueltas; peor aún cuando la vista se dobla; verá usted la revolución en plenas narices y querrá escapar, olvidando que las uñas lo persiguen en su cuerpo. Y usted no quiere eso; usted quiere cortarse las uñas.

Una vez borracho y olvidados los recuerdos, extienda en el suelo una buena porción de nylon, y acuérdese de alguna canción de cuna. A las uñas les encantan las dulces melodías. Busque calmarlas, y la oportunidad aflorará en el próximo compás. No se duerma, por favor. Será noticia de primera plana si lo hace. Cantando el arrorró, lentamente acerque su tijera, extendiendo la mano, pero haciendo de cuenta que va a aplaudir el final de la canción. Cuando crea necesario, grite repentinamente, ateste un seco movimiento, y lance la guadaña en picada contra sus uñas. Cierre, abra, una y otra vez, disperse los trozos a diestra y siniestra, hurgue en la fina capa que expulsa su piel de cada invasión, llene de estruendos la noche, corte todo vestigio rebelde. Gane la guerra y extienda su bandera en el campo de batalla.

Querido amigo; usted se ha cortado las uñas, forjando el poderío de la razón sobre la barbarie. Contemple el premio servido al nylon. Es ardiente el triunfo y la sangre del fin, testigo inviolable de un paso rotundo; vasto el fuego de la determinación. Ahora junte cada trocito que haya resultado de un desliz, y marche al hospital, botella en mano. Nadie, ni los médicos, van a opacarle el festejo.
escrito por Juanopio @ 05:11   3 comentarios. Click aquí.
8.4.06
Instructivo N° 2
Los absurdos de la vida (usted ya sabe a lo que me refiero cuando digo la vida; pero usted es usted, y sabrá mucho más que yo sobre sus absurdos: dónde vienen, adónde ponerlos, dónde irse y adónde ponerse); decía, los absurdos se incrementan día tras día como los soldados en Medio Oriente; se han vuelto una gran pasta uniforme. Si quiere pensar en un chicle recién masticado presto a embadurnarle toda la existencia, hágalo; verá que es buen ejercicio para ganarse una patología fructífera. Engominar el organismo con soluciones en cápsulas no es lo suyo, y busca imperiosamente una salida ante el caos de la vida y sus absurdos. Usted elige fumar.

Fumar es igual que inmolarse a crédito, pero con otras cosas más pintorescas en el pensamiento. Una manera más sutil de olvidar hasta la misma muerte de uno; fume usted y quizás venga la Parca, pero se llevará consigo a la tumba el glorioso recuerdo de haberle empapado el humo en la cara antes de la guadaña.

Para fumar no hay lugar ni horario, sino situaciones propicias: un hechizo de amor golpeando en el subconsciente mientras se destripa el sentimentario, las personas-presionan que se cuelgan como alfileres de gancho en toda la piel, el impuesto del mes pasado en el buzón equivocado, los sesenta segundos que hay en un minuto, los sesenta minutos que hay en una hora... (estos ejemplos no dejan de ser azarosos; piense usted en el abanico de sus absurdos y aletéelo por un momento; llénese del vasto río, impregne sus piernas en el fango, respire el fulgor de la cloaca hasta reinar en la náusea y exploten los pulmones).

Llega el instante de la vena en la sien pidiendo auxilio.

Busque un cigarrillo. Piense lo siguiente: hasta donde usted sabe, no ha visto un cartel que prohiba fumar. Eso exonerará la culpa ante algún escrúpulo impertinente. Pero si es usted de los que gustan la adrenalina, mire antes a todos los flancos hasta encontrar la advertencia, sonría como niño, y préstese a fumar de la siguiente manera: extienda la mano que más tenga a mano, abra la palma, y muy lentamente haga una caricia; no piense dónde, sino en la simple y absurda (así le parecerá) acción de la materia ocupando su espacio en el universo. Sienta cómo el aire cede ante el movimiento, de qué manera debe expandirse ante el paso de su carne. Si cierra la mano, tendrá un leve pedacito de magia consigo. Ahora bien, le quedan dos cosas por hacer: se lo guarda en el bolsillo y corre a casa para invertirla en correrías, risas y barriles de felicidad, o deja esa misma magia allí, para realizar un verdadero truco por el que pagará hasta la CNN por ver. Tome un cigarrillo por la punta, e introduzca levemente en su boca el extremo naranja (nota: es imperiosamente necesario fumar cigarrillos con filtro; ya dice la ley que el fumar es perjudicial para la salud, y pre-judicial ante los efectos de un cáncer; por favor, cuídese el juicio, no tanto como el prejuicio). Luego de cavilar ante la moralina, busque fuego por sus propios medios; aunque un encendedor o caja de fósforos vendrían de perillas. Si no lleva consigo, recorra las calles lindantes, encuentre un vagabundo y pídale amablemente lumbre (sea cortés; regálele el paquete. Ni se le ocurra sacar la moneda que duerme en su bolsillo trasero).

Para encender un cigarrillo es necesario asustarse. Con el mismo ya en la boca y el fuego al acecho, piense en el viejo de la bolsa (si sigue con el vagabundo aproveche la oportunidad de mirarlo fijamente al fondo de los ojos). Sentirá cómo el pánico toma su mando, y de repente llega el sobresalto como un golpe de cañón al pecho; de forma leve y precisa, mientras sus pelos se erizan aspirará una bocanada de esa misma magia que tuvo antes en su mano. Es necesario actuar inmediatamente ya que el instante durará una milésima de segundo y usted no querrá otro susto, claro; cuando aspire, lleve el fuego a la punta del cigarrillo, piense en un foso vacío, usted en caída libre y zás, ha encendido por primera vez un cigarrillo.

Ahora inspire el humo que nace de la brasa. ¿Puede escuchar un leve quejido? Es el tabaco clamando a la madre tierra; usted es ahora dueño de un pequeño incendio forestal privado.

Procure no olvidar lo siguiente: una vez inspirado el humo, nunca intente olvidarse del asunto e irse a jugar un numerito a la quiniela, porque al humo no le interesan los cursos de anatomía. Una vez adentro, hay que sacarlo. Muchas personas optan por formas más atípicas y peculiares, como llamar a un exorcista o conseguir inmediatamente una orden de desalojo; en esta ocasión buscaremos una solución simple y certera. Tome una extensión de alambre, forme en un extremo un pequeño círculo, busque un vaso con agua y jabón, inserte el alambre en el mismo, y luego sople sobre la espuma que se extenderá en el círculo. O sea; haga pompas de jabón y acabemos de explicar, que para fumar estamos.

Mire.

La magia, ¿verdad? Nada es más bello que crear desde las entrañas; todo tiende a impartir nuevas reglas y sabores; todo es dicha en el reino del Señor. Optará luego por decorar el mundo con su imaginación; cartas documento, declaraciones juradas, ramilletes de flores, y a medida que su capacidad pulmonar vaya decreciendo, locomotoras, dinosaurios, corazones y simples argollitas con su último aliento. Ha completado el truco y la vida es mucho más placentera mientras usted fuma.
escrito por Juanopio @ 03:18   2 comentarios. Click aquí.
5.4.06
Instructivo N° 1
Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el mundo se pliega en la cabeza, de manera tal que algo como un pensamiento se abalanza en nuestra existencia. Colocando la mano izquierda en la coronilla, y haciendo un pequeño hueco con la palma, estaremos en posesión momentánea de nuestra cabeza (procure la práctica en total aislamiento; la gente etiqueta de tonto a cualquiera). Si además agregamos a esto una pequeña fricción en los cabellos, con igual procedimiento para los calvos, la imagen habrá mutado; quien nos vea, imaginará que pensamos, aunque Rodin tenga otra concepción sobre la pose. Para tener una idea, intente lo siguiente: no piense. Reconózcase mono, sacuda sus extremidades inferiores, improvise saltos florales como los enamorados; luego busque una imagen plena, sea tapándose los ojos o en un cuarto oscuro. Las ideas no vendrán, pero va usted a divertirse lo necesario. Comience luego a reír, como si de repente fuera el vecino que lo está mirando desde el balcón; olvídese. Cuando ya la risa ceda terreno a las carcajadas y haya gestado un calambre de estómago, la idea vendrá solita, como un puente desde la nada, o un balde de amianto en la cabeza. No se resigne si encuentra una leve desorientación al principio; recuerde que los más grandes ideólogos están muertos. Si esto lo deprime con sólo pensar que usted también lo estará algún día, y en el mas sórdido anonimato, sólo haga de cuenta que sabe. Una vez que tenga su idea de forma clara y precisa, déle algo de cariño; generalmente con unos treinta segundos basta, no vaya a ser que luego se le cuelgue de la botamanga del pantalón, exigiendo derechos universales y tratados de la OEA. Luego haga una pasta de ella y tráguesela, con mucho cuidado de que no vaya a la cabeza. La mezcla con el calambre en el estómago, toma unos sorbitos de agua para la digestión, y sale al mundo; ya tendrá una idea lista. Busque una esquina, de ser posible bastante transitada, levante su brazo en puño de forma enérgica, y grítela a los demás. Palabras de preámbulo a la misma: Eureka, o en su defecto, Lo tengo. Cuídese del apedreo.
escrito por Juanopio @ 04:15   7 comentarios. Click aquí.
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